viernes, 23 de marzo de 2012
Los Arrastrados
miércoles, 7 de marzo de 2012
MUJER
martes, 6 de marzo de 2012
VA DE CUENTO
VA DE CUENTO
Por: Néstor Islas
Espero les guste.
El político descendía por la vereda que culebreaba entre los peñascos de la loma clavada entre la aldehuela y el río, de aquel río bronco al que tributaban los torrentes que, abriéndose paso entre jarales y yerbajos, se precipitaban arrastrando tras sí costras de roble hurtados al monte. Tendido en la hondonada, el pueblo de campesinos y pastores. Las torrecitas de la capilla, patinadas de fervores y lamosas de años, se erguían en toda su apacible belleza como buscando llegar al cielo.
El gobernante, hombre joven, bajaba por el sendero; el aire de la tarde calosfriaba su cuerpo fatigado por la larga caminata; la cabeza gacha y sobre la frente un manojo de cabellos empapados de sudor. Sus pies resbalaban sobre las lajas, se hundían en los líquenes o se asentaban como extremidades de plantígrado en las planadas del senderillo… Los brazos, fuertes macizos, asomaban por entre los harapos de lo que en una ocasión fue una camisa de seda china, confeccionada en Londres, que alzaba por delante hasta arriba del ombligo, por que el cuerpo a pesar del frio sentía una suave calidez, por la forzada marcha a que era sometido.
Y, sólo el instinto de conservación lo hacía mantenerse en pie… pero cada vez la marcha se hacía más penosa a cada paso; el joven deteníase por instantes a tomar alientos; más luego, sin levantar la cara reanudaba el camino con ímpetus de bestia que embistiera al fantasma del aire.
Pero hubo un momento en que las piernas se negaron al impulso, vacilaban, “Polilla” alzo por primera vez la cabeza e hizo vagar sus ojos en la extensión. En el rostro del político cayó un velo de angustia; sus labios temblaron y las aletas de la nariz latieron, como si ventearan el aire –como las fieras cuando se ven en peligro- con pasos inseguros el edil busco las riberas; diríase entonces llevado por un instinto, mejor que impulsado por un pensamiento. El río estaba cerca, a no más de veinte pasos de la vereda. Cuando estuvo en las márgenes desató la camisa, ya para este momento hecha girones, lanzándola al suelo, luego como poseído se tiro al río intentando recuperar fuerzas con ese chapuzón… pero todo fue inútil ahora sentía todo el cuerpo convulso y acalambrado. De los ojos escurrían lágrimas que brotaban incontenibles, por la desesperación y la angustia pensando en que podría ser alcanzado por esa turba enloquecida, de la que él había abusado cuando fue el hombre más importante y el que dirigió los destinos de un pueblo al que saqueo cobardemente dejándolo sumido en la más terrible pobreza.
Mientras, él y su familia vivían como grandes potentados rodeados de toda una camarilla de lambiscones y lame huevos rodeados todos de cortesanas a las que inspiraban asco, pero que los soportaban por el generoso pago que ellos les brindaban, ¡claro! con el dinero del pueblo que en un momento pareció ponerse de acuerdo para acabar con quienes habían causado tanto mal.
Siguió recordando tantos y tantos crímenes cometidos en nombre de la Revolución, de una Revolución que fue utilizada y enarbolada para satisfacer las ambiciones de unos cuantos, llego nítidamente a su memoria el rostro desencajado de los indígenas que mando ejecutar para robarles sus tierras y ahí en este lugar, regado con la sangre de hombres, mujeres y niños mando levantar su casa de campo, mismo que ocupa una extensión de muchos miles de metros cuadrados, pero que él, ni su familia y mucho menos sus allegados, sus esbirros podrían disfrutar, al quedar condenados a huir porque él sabe bien que el pueblo parece olvidar pero no perdona.
De pronto la debilidad total se apodero de su cuerpo haciéndolo caer en un sueño plagado de infinidad de visiones que lo aterraban y lo hacían estremecerse de espanto… Durante ese tiempo vivió nítidamente el momento en que, mando que el ejercito arremetiera en contra de la población, que empezaba a levantarse en su contra por la serie de atrocidades que venía cometiendo y que habían terminado por enardecer al pueblo. Revivió claramente la carga del ejército a bayoneta calada en contra de una multitud indefensa, en donde caían como “moscas” masacrados por la soldadesca “perruna” que cuando escuchó el mandato de su amo, se lanzó a las calles en busca de presas que cobrar, como aves de rapiña; a las que no les importo ni su familia ni nada, tan solo quedar bien con quien hasta ese momento era el hombre más fuerte del país.
Los cadáveres regados por toda la ciudad, ofrecían un espectáculo irreal como sacado de la calenturienta mente de un escritor de libros de terror… Pero la verdad se mostraba en todo su trágico esplendor, pues todo esto era una realidad descarnada y cruel, pero al fin verdad.
Las paredes salpicadas de sangre y masa encefálica, las calles convertidas en ríos de sangre, por donde corría el vital liquido, cuerpos mutilados, niños debajo de los cuerpos de sus madres que hasta el último aliento intentaran salvarlos, algunos toralmente acribillados por la tropa que en su demencial sentido del deber se había cebado en los cuerpos ya inertes, continuando su labor destructiva, llegando incluso a los hospitales a rematar a los heridos; a tanto llegó la saña de estas bestias llamadas soldados.
De pronto un infernal coro de lamentos lo invadió vio a su familia y a sus incondicionales como eran destrozados por una multitud que se tomaba la justicia por propia mano, él apenas alcanzó a llegar a su coche blindado y a huir de la turba enloquecida, y llena de rencor por tantas vejaciones recibidas, en ese momento él no se había enterado de que en todo el país el levantamiento estaba en marcha, que todas las carreteras que conducían a la frontera estaban bloqueadas, los aeropuertos incendiados, y los puertos marítimos estrechamente vigilados, con lo que quedaba impedido todo intento de fuga del ser más odiado en ese momento en todo el territorio, al que la multitud deseaba tener en sus manos, para hacerle pagar por lo menos en algo todo el mal causado durante tantos años, a un gigante que despertaba y al que ya nadie pararía hasta no terminar definitivamente con el que fue causante de todas su penurias.
Él se había internado por ese camino intentando escapar al destino que ya conocía de antemano, pero al desconocer el terreno terminó irremisiblemente perdido, sin probar alimento durante más de 72 horas, sin descansar apenas un par de horas para reanudar nuevamente la marcha, pero ahora, se encontraba ahí, en ese lugar, junto al río, ya sin fuerzas para seguir huyendo de su destino; sufriendo física y moralmente, esperando el momento supremo que ya veía, más que como un castigo, como el bálsamo con que son ungidos los enfermos para aliviar sus dolores.
Paso toda la noche en ese lugar haciendo el balance de lo que hasta hace unos días antes había sido su vida, y al verse ya despojado del falso valor que sentía cuando era caravaneado por todo un séquito de parásitos lloro por él, por su familia y por ese pueblo valeroso, al que no supo valorar en su momento, por lo que ahora estaba pagando las consecuencias, y lo que le faltaba aún.
De pronto como a mediodía escuchó el rumor de voces que se acercaban, y curiosamente no tuvo miedo, de pronto como salidos de la nada se encontró con esos rostros que tantas y tantas veces miro, sin la más mínima atención, descubriendo en ellos que habían sido deformados por la ira, el rencor y la sed de venganza …
Sonrió, si es que a la mueca que se dibujo en su rostro podía ser una sonrisa, de pronto se sintió levantado en vilo, nuevamente lo acometió el pavor, pero logró serenarse, fue llevado a la capital del país en donde recibió todo tipo de atenciones, lo curaron y lo alimentaron en forma abundante, con lo que pronto recupero su vigor, pero, una duda lo atormentaba; ¿qué era lo que estaba pasando?, ¿por qué esas deferencias para con él después de lo que había hecho?
Y, un sinfín de preguntas que no tenían respuesta; hasta que sorpresivamente, una mañana de frio invierno, fue sacado de su celda, imagino que lo iorían a juzgar, pero no, la sentencia estaba dictada y en ese día sería cumplida.
En medio de un pelotón conformado por miembros de las fuerzas insurgentes, fue llevado a la plaza principal en donde una multitud enardecida se apretujaba para ver el final de un tirano que nunca debió haber nacido.
Fue conducido al paredón, en donde le vendaron los ojos, y le ataron las manos a la espalda; de pronto todo quedo en calma no se escuchaba nada, más que el murmullo del aire frio de la madrugada, en esos momentos miró como su reino se había desmoronado y que ese gigante dormido llamado pueblo, en tan solo unos días se liberaba del yugo que soporto por muchos años.
De pronto escucho, la voz de mando que daba las últimas ordenes al pelotón… ¡PREPAREN ARMAS!, ¡APUNTEN! Se acercaba el final inevitable; quiso hablar, pero la voz murió en sus labios, ¡FUEGO! Sonó la voz atronadora, todo había terminado.
De pronto despertó, bañado en sudor, y con lágrimas en los ojos, agradeció infinitamente que todo hubiera sido un sueño. Y comenzó a maquinar las raterías del día que ya se anunciaba, abriéndose paso entre el obscuro cortinaje con que se cubre la noche. FIN.