viernes, 20 de abril de 2012


GRATOS RECUERDOS DE LA GENTE DE CAMPO
Por: Néstor Jaime Islas Carreto.

          El camino ha sido agotante y fatigoso, el calor a todo lo que da, el viento se siente caliente, a pesar de que el auto va a toda velocidad, un viejo VolksWagen  sin aire acondicionado, el sudor humedece todo el cuerpo, más este malestar desaparece como por arte de magia, cuando llega primero al olfato el aroma a leña y tortillas doradas, y después a la vista el grupo de campesinos acomodados alrededor del fogón, preparándose para dar cuenta de la comida que espera a ser calentada.
          Esto me hace recordar aquellos tiempos, cuando trabajábamos para Recursos Hidráulicos, sembrando árboles en los cerros, y haciendo “zanja trinchera” para captar el agua, y los momentos más memorables, eran cuando se llegaba el momento de la comida, toda una fiesta en donde cada quien compartía, lo que a bien habían tenido las mujeres de la casa de poner en el “itacate”.
          Recuerdo muy bien que había quien llevaba los pedazos de carne de res, o puerco en “chile verde o rojo”, otros más el bistec, o la cecina, el “queso de puerco”, pero no había nada que le ganara a los taquitos de frijoles refritos con manteca, acompañados de sus chiles serranos, doraditos sobre el “comal” improvisado. ¡Que sabor! ¡Una verdadera delicia!
           Si a esto le aunamos el paso de los “arrieros”, quienes pasaban diariamente, con sus burros cargando los “cueros”,  “saludablemente” llenos de pulque, a quien rendíamos honores vaciando un  “pellejo” por día. Sin que vayan a pensar por esto, que nos embriagábamos,  ya que éramos tantos trabajadores, que apenas y nos tocaba de a litro por cabeza.
          Para después seguir bajo el rayo del sol, trabajando incansablemente, ora ya el pico, ora ya la pala, para sembrar sobre el duro suelo de tepetate, donde a cada golpe sacábamos chispas, pero también dábamos vida a ese cerro “pelón”, y ayudábamos a mantener la vida silvestre que ahí se ocultaba.
          Como viaja rápido la mente, pero en ese momento, y sin pensarlo, el auto se ha desviado de la carretera,  para acercarse a donde se encuentran estos comensales, platicando y riendo mientras se calientan las tortillas, y los diferentes guisos, y venciendo la pena -¿la conozco?- , les solicito me vendan un taco, y no me venden uno, me regalan muchos de aquellos tacos dorados al calor del hogar , con su relleno de frijoles refritos en manteca, y unos buenos chiles “toreados” y fritos que nada más truenan al morderlos, y lo “enchilan” a uno haciendo que el pulque sepa a “gloria” y que el cuerpo agradezca el detalle.
          Después de tan sabrosa experiencia, y de dar las gracias a estos anfitriones, que sin más ni más compartieron el pan y la sal con este perfecto desconocido, doy una vez más gracias a Dios, primero por haberme permitido ser mexicano, en segundo por hacerme pobre y poder disfrutar de estos manjares culinarios, de los que sin duda si fuera rico me perdería inevitablemente. Ahora si vamos con mayor ahínco a seguir trabajando en defensa de las causas justas, aunque me digan #NOEsPorDiscriminar. Jajajaja

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