GRATOS RECUERDOS DE
LA GENTE DE CAMPO
Por: Néstor Jaime
Islas Carreto.
El camino ha sido agotante y
fatigoso, el calor a todo lo que da, el viento se siente caliente, a pesar de
que el auto va a toda velocidad, un viejo VolksWagen sin aire acondicionado, el sudor humedece
todo el cuerpo, más este malestar desaparece como por arte de magia, cuando
llega primero al olfato el aroma a leña y tortillas doradas, y después a la
vista el grupo de campesinos acomodados alrededor del fogón, preparándose para
dar cuenta de la comida que espera a ser calentada.
Esto me hace recordar aquellos
tiempos, cuando trabajábamos para Recursos Hidráulicos, sembrando árboles en
los cerros, y haciendo “zanja trinchera” para captar el agua, y los momentos
más memorables, eran cuando se llegaba el momento de la comida, toda una fiesta
en donde cada quien compartía, lo que a bien habían tenido las mujeres de la
casa de poner en el “itacate”.
Recuerdo muy bien que había quien llevaba
los pedazos de carne de res, o puerco en “chile verde o rojo”, otros más el
bistec, o la cecina, el “queso de puerco”, pero no había nada que le ganara a
los taquitos de frijoles refritos con manteca, acompañados de sus chiles
serranos, doraditos sobre el “comal” improvisado. ¡Que sabor! ¡Una verdadera
delicia!
Si a esto le aunamos el paso de los “arrieros”,
quienes pasaban diariamente, con sus burros cargando los “cueros”, “saludablemente” llenos de pulque, a quien rendíamos
honores vaciando un “pellejo” por día. Sin
que vayan a pensar por esto, que nos embriagábamos, ya que éramos tantos trabajadores, que apenas
y nos tocaba de a litro por cabeza.
Para después seguir bajo el rayo del sol,
trabajando incansablemente, ora ya el pico, ora ya la pala, para sembrar sobre
el duro suelo de tepetate, donde a cada golpe sacábamos chispas, pero también dábamos
vida a ese cerro “pelón”, y ayudábamos a mantener la vida silvestre que ahí se
ocultaba.
Como viaja rápido la mente, pero en ese
momento, y sin pensarlo, el auto se ha desviado de la carretera, para acercarse a donde se encuentran estos
comensales, platicando y riendo mientras se calientan las tortillas, y los
diferentes guisos, y venciendo la pena -¿la conozco?- , les solicito me vendan
un taco, y no me venden uno, me regalan muchos de aquellos tacos dorados al
calor del hogar , con su relleno de frijoles refritos en manteca, y unos buenos
chiles “toreados” y fritos que nada más truenan al morderlos, y lo “enchilan” a
uno haciendo que el pulque sepa a “gloria” y que el cuerpo agradezca el
detalle.
Después de tan sabrosa experiencia, y
de dar las gracias a estos anfitriones, que sin más ni más compartieron el pan
y la sal con este perfecto desconocido, doy una vez más gracias a Dios, primero
por haberme permitido ser mexicano, en segundo por hacerme pobre y poder
disfrutar de estos manjares culinarios, de los que sin duda si fuera rico me
perdería inevitablemente. Ahora si vamos con mayor ahínco a seguir trabajando
en defensa de las causas justas, aunque me digan #NOEsPorDiscriminar. Jajajaja
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