¡Me voy. Salgo como llegue. Por la puerta trasera! Sé que habrá quienes digan que he sido el peor presidente en toda la historia de México. Pero eso no me hace mella, ya que actue conforme a los dictados de mi conciencia.
Siempre fui firme en mis convicciones, y las cosas que hice, las hice conforme a lo que me dictaban los demonios del alcohol.
Yo no soy culpable de haber caído en las "garras" de este demonio, que en mis momentos de lucidez -que por cierto fueron muy pocos- me aborrecia a mi mismo, por este actuar insensato, por la gente inocente que a diario moría en las calles, por la falta de trabajo, por la falta de oportunidades para los mexicanos.
Como todo enfermo, primero estaba mi felicidad, y aunque esta fuera ficticia, yo era feliz en mi mundo de mentiras, de borrachera continua, en donde se alternaban un día la borrachera de alcohol, y otro también, pero esta vez combinado con la borrachera de poder.
El poder es omnimodo, y éste te permite hacer y deshacer a tu antojo, y más aún si cuentas con el respaldo de tu gente, de tu partido y con la impunidad que te da el fuero.
¡Que murieron muchos!, es verdad, pero esos fueron los daños "colaterales", es parte de lo que sucede en una guerra, y mi guerra contra el narco, a pesar de saber que era una lucha inutil, una lucha perdida, mis "demonios" me incitaron a seguirla, a demostrar que el todopoderoso era yo.
Pero ahora que despierto del gran sueño de ser presidente, me doy cuenta que actue equivocadamente, que sacrifique gente inocente, que merezco el mayor castigo que pueda serme aplicado.
Afortunadamente me toco vivir en un país noble, que en lugar de castigarme y mandarme a prisión, me premia con una pensión vitalicia que costará a todos ustedes los mexicanos, para que mi familia y yo sigamos viviendo del trabajo ajeno.
Es por eso que hoy me congratulo, y sentado ante esta botella de vino, prometo no olvidarme jámas de México, y de su gente, que de esta manera premia a los genocidas. ¡Salud!
Atentamente:
El Jelipin.
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