viernes, 11 de mayo de 2012



         MI PADRE
POR: Néstor Jaime Islas Carreto
          ¡Haber si así se te quita lo pendejo! , eran las palabras que Horacio escuchaba mientras llovían sobre su cuerpo los golpes con la cuarta, y sus pulmones trataban de jalar un poco de aire puro, de ese aire que le llegaba contaminado por el sofocante y asfixiante olor a chiles quemados.
          Se sentía desfallecer dentro de ese costal de yute, en donde permanecía encerrado y colgado de cabeza aspirando el humo enrarecido de los chiles quemándose entre los carbones encendidos.
          Ese fue el último castigo que soporto a sus tíos, después de una serie de vejaciones, que iban desde dejarlo sin comer, los golpes y malos tratos, hasta este cruel castigo por el hecho de haber dejado que le robarán un borrego.
          Horacio un humilde pastorcito de escasos 8 años, a tan tierna edad ya había probado todo tipo de castigos, pero este último rebasaba en mucho todos los anteriores. Así que sin más cosas de valor que los andrajos que llevaba puestos, descalzo y con las ansias de una vida mejor, emprendió la huida, hacia lo desconocido en busca de una vida mejor.
          Al perder a su padre cuando apenas eran unos niños, obligo a la abuela, su madre a repartirlos entre la familia, ya que ella tubo que migrar como lo siguen haciendo actualmente miles de madres, en busca de mejores horizontes, pero desafortunadamente no quedaron en las manos más tiernas y amorosas.
          Los tíos con los que quedo Horacio y sus otros dos hermanos varones, eran como todos en aquellos tiempos, crueles y de mano rápida, lista a soltar el golpe sin previo aviso.
          Nacido en un lugar llamado Santa Bárbara, mejor conocida a la fecha como “La Ranche o la Ranchería”, lugar enclavado en el estado de México en el municipio de Otumba, famoso por su “Feria del Burro” y por la calidad de su pulque. No conocía pues otro mundo, más que ese lugar árido, seco, de calor agobiante y de aguas “chocolatosas” donde bebían agua al igual hombres y animales.
          Desde antes del amanecer eran levantados por los tíos para desempeñar diferentes labores, ya cuidando los animales, ya sembrando, o desgranando el maíz, y ayudando en toda suerte de quehaceres que se les ocurriera a los tíos, a cambio recibían un mendrugo de pan, sobras de lo que sobraba de la comida de la familia –tíos y primos-, y un jergón donde acostarse en los tinacales, donde se maduraba el pulque.
          Así pues,  decíamos que emprende el camino a lo desconocido, y al llegar a la ciudad de Texcoco,  queda deslumbrado por todo lo que ve, y que cuando vivió en su pueblo ni siquiera soñó que existieran tantas y tan variadas cosas.
          Sin dinero y con una hambre lobuna se va al mercado en busca de algo de comida que llevarse a su vacía barriga, que ya para esos momentos gruñe con ansias mal contenidas, al entrar al sitio los olores de tantos y tan variados manjares, provocan en él arqueos por la falta de alimento, y sin más se dirige a la primera mesa que ve ocupada para solicitar le regalen un taco.
          Las personas que se encontraban comiendo en familia, no solo le obsequian un taco, sino que al verlo casi desnudo, con los cachetes “partidos” al igual que los pies y las manos, y en sus ojos de un azul profundo el hambre y el miedo hermanados.
          Y, después de un breve interrogatorio, decidieron llevarlo con ellos, en aquellos tiempos no había tanto tramite, al llegar a lo que sería su nuevo hogar se maravillo de todo lo que ahí había, y aún más cuando lo metieron es ese cuarto que arrojaba agua por sus paredes.
           Pero la sorpresa mayor llego justo cuando salió de bañarse. Ahí, frente a él, se encontraba una muda de ropa completa, por primera ves en su vida experimento el roce de unos calzones y una playera sobre su piel, antes de ponerse la nueva camisa y los pantalones, que aunque le quedaban un poco cortos y ajustados él los sintió como si fueran ropa de príncipe.
          Llego la hora de ponerse los calcetines, y los zapatos. Y aunque sentía un poco de incomodidad por la falta de costumbre,  le gustaba como se veían, y más después de haber andado toda su corta vida descalzo.
          Al día siguiente comenzó el trabajo de su nueva vida, la familia que lo adopto, se dedicaba al comercio, así que se quedo encargado de un carro de dulces, cerca de las vías del tren. Así aguanto durante 5 años, hasta que un negro día y en un descuido el carrito al ser pateado accidentalmente el madero que lo mantenía en sus sitio, cobro velocidad y fue a caer en medio de las vías del tren, en el momento justo en que éste iba pasando, quedando totalmente deshecho.
          Aterrado, y llegándole a la mente los castigos sufridos anteriormente, no espero a ver que decía su patrono, sino que “Tomo Las De Villa Diego” y escapo sin más ni más, ahora si directamente a enfrentar a la gran ciudad… Continuara…       

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