sábado, 26 de mayo de 2012


REMEMBRANZAS DE LA BISABUELA.
          El agua caía a cantaros, tal parecería que el cielo se había desbordado,  haciendo más fatigoso el camino de Mauricia y Carolina, quienes habían salido a leñar sin sospechar siquiera que llovería de improviso.
          Mauricia una anciana de más de ochenta y tantos  años, recordaba claramente sus andanzas con su nieta preferida Carolina en ese entonces de unos seis o siete años de edad. A quien tenía especial aprecio por su gusto al trabajo.
          Ese día en que regresaban empapadas, caladas por el agua hasta los huesos, y asentando los pies como pezuñas de animal para no resbalar y caer con su carga a cuestas, en ese río revuelto por la bajada del agua de las cercanas montañas.
          Un río tumultuoso, que en su caudal llevaba la vida para los sembradíos que crecían río abajo. Finalmente, después de un tiempo que se les hizo eterno, lograron llegar a la humilde morada;  en donde se apresuraron a prender un reconfortante fuego en la cocina de humo, en donde los pedazos de madera chispeaban a la vez que se desprendían de ellos caprichosas figuras de las  volutas de humo, que ya bien se elevaban para salir por el tiro, o ya bien se esparcían dentro del cuartucho llenándolo de humo que hacia llorar los ojos.
          Apresurándose a cambiar sus ropas mojadas por unas secas, en tanto ya se encontraba una olla de barro en el fuego que crepitaba alegremente, para preparar una infusión caliente a la pequeña, en tanto la abuela, ya había dado cuenta de un buen  jarro de pulque, bebida imprescindible en su dieta.
          Recordó también,  la cantidad de veces en que su nieta la cuidaba cuando con otras mujeres de su edad y algunos hombres de campo, tomaban su diaria dosis de pulque, que ella misma cosechaba y que vendía junto con otros productos para sobrevivir.
          Se acordó riendo a mandíbula batiente,  de la ocasión  en que se encontraba a lado de su nieta tirando un añejo árbol de pirú, en los márgenes del río, y llego uno de los “Don Juan” del pueblo, mismo que se ofreció a hacer trabajo tan duro, ya que no eran esos menesteres para tan bella dama.
          Ofreciéndole el hacha para que la tomara, el confiado galán se acerco  y cuando lo tubo a tiro, le soltó tremendo derechazo, que lo mando de nalgas dentro del agua, con la boca sangrante y con dos dientes menos. “Eso es para que vea que no necesito de vejigas para nadar” habría sentenciado la abuela Mauricia.
          Mujer fuerte, valiente, forjada bajo el fuego de las batallas que se dieron durante la Revolución Mexicana, en donde perdiera a su marido quedándose sola con tres pequeños hijos que mantener, y uniéndose a la Revolución como soldadera, al no haber otros medios para subsistir.
          Mujer bronca, de mecha corta amante de sus raíces, mismas que se preocupo de inculcar entre sus descendientes, partiendo de la vida cuando el que esto escribe tenía escasos siete años, y ella más de un ochenta de sabiduría y  conocimientos, y de regar su sudor en la tierra que la vio nacer, y que un 15 de septiembre de 1967 la recibió amorosa en sus entrañas.
         
         

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